La hermana Gloria Cecilia Narváez fue secuestrada el 7 de febrero de 2017 en Koutiala, Malí, cuando trabajaba en un orfanato; permaneció en poder de un grupo vinculado a Al Qaeda durante cuatro años y ocho meses antes de recuperar la libertad en 2021.
Nacida en Buesaco, Nariño, y miembro de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, se dedicaba a la atención de bebés, niños, jóvenes y mujeres en situación de vulnerabilidad cuando fue raptada.
Durante el cautiverio soportó condiciones extremas en el desierto del Sáhara: maltratos físicos y psicológicos, encadenamiento y diversas tentativas para acabar con su vida o minar su salud, según su testimonio.
A pesar de esas agresiones, encontró en la fe y en la oración la fortaleza necesaria para resistir y transformar el sufrimiento. Relata que no permitió que la desesperación la venciera y que convirtió el desierto "en su propio santuario".
"Padre, perdónales porque no saben lo que hacen".
Invitada por los padres carmelitas, la hermana Gloria visitó Cúcuta para relatar esa experiencia y cómo transformó el dolor en una ofrenda; en la ciudad habló también de su proceso de sanación y de la nueva misión que desempeña en el Urabá antioqueño.
Después de recobrar la libertad en 2021, ¿cómo fue reencontrarse con su familia y retomar la misión de servir a los pobres?
Volver fue una experiencia maravillosa: en medio de mi extrema debilidad sentí la acompañamiento de la gracia de Dios durante todo el tiempo del secuestro. La libertad me permitió expresar una palabra de libertad para los demás.
Su opción fue no devolver odio por odio. Dice que procura no marcar ni condenar a nadie, sino mirarlos con misericordia y desarmar con palabras, miradas y gestos. En este tiempo ha dedicado su misión principal a la escucha: ha acompañado a mujeres víctimas de violencia y secuestro, invitándolas al perdón para recuperar su propia libertad.
¿Qué le ha dejado hablar de reconciliación en varios países y diferentes zonas de Colombia?
Su referente es Jesucristo; la oración por quienes han tomado las armas y el perdón han sido, según cuenta, una fuerza constante en su camino de sanación. En el secuestro, pese a los malos tratos y a las humillaciones, eligió perdonar y no ver la experiencia como un castigo, sino como una oportunidad para purificar la fe.
En el desierto trazaba símbolos y usaba la contemplación como ejercicio espiritual: dibujaba el cáliz en la arena, contemplaba el sol y la luna como elementos que la acercaban a la presencia divina. Como franciscana, sostuvo la llamada a amar y perdonar incluso ante la hostilidad.
Hoy, su trabajo combina la atención pastoral con la promoción de la reconciliación: escucha a víctimas, acompaña procesos de perdón y se mantiene disponible para servir donde la necesiten.





